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Enrique Shaw

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Enrique Shaw
Providencia divina
A las puertas del cielo
La despedida
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Comparte tu pan con el hambriento; alberga a los pobres sin techo; cubre al que veas desnudo... (Isaías 58, 6-9)—El 27 de agosto de 1962 mi padre me llevó por primera vez al cementerio de La Recoleta y no justamente a un paseo cultural, sino al sepelio de un importante integrante de la Acción Católica Argentina, más precisamente el del presidente de dicha organización en Buenos Aires,

donde mi padre ejercía la presidencia en la Parroquia Nuestra Señora de la Paz. Quedó profundamente grabado en mi memoria, la cantidad de público concurrente, desbordando niveles normales, así como los distintos discursos que diversas personalidades expresaban exaltando a la persona fallecida, especialmente un obispo que elogiaba las virtudes del fallecido.

Obviamente durante aquel tiempo y a mi corta edad, a la sazón 9 años, no comprendía semejante significado, ni de quien se trataba, pero siempre perduró en mi memoria este acontecimiento. A medida que fui creciendo, y siendo ya un adolescente le preguntaba a mi papá que me explicase quién era aquel Señor tan elogiado y el por qué de tanta concurrencia al cementerio. Mi padre me lo resumió muy clara y concisamente, se trataba de un gran ser humano, un gran empresario y un gran cristiano.

Pero no quise quedarme únicamente con la definición u opinión que mi padre expresaba y ya adulto y con medios tecnológicos a mi alcance me interesé en saber más sobre por qué una persona con las cualidades tales como las definidas por mi papá no era un empresario conocido o por qué no tenía la prensa suficiente. Y es así que empecé a trabajar en el tema, a investigar y esta nota es el resultado y mi homenaje al gran empresario argentino Enrique Shaw, a quien no tuve el honor ni la suerte de conocer en persona, por razones de generación y dado su temprano fallecimiento pero que nos dejó un mensaje y una obra que lo ha perdurado.

Por testimonio de su hija Elsa Shaw de Canale, supe que Enrique falleció a las 3 de la mañana del día 27 de agosto y el entierro se realizó en horas de la tarde, por lo que la gente presente lo hizo espontáneamente ya que no hubo tiempo de avisar a nadie ni publicar su fallecimiento, por lo que deduzco que esa inmensa concurrencia que perdura en mi memoria era mayoritariamente de sus queridos obreros.

Había nacido casualmente en Francia en 1921, durante una estadía de sus padres por aquellas tierras galas. Su madre, Sara Tornquist, falleció cuando solo contaba con cuatro años de edad, dejando a dos pequeñitos hijos y ante la inminencia de su muerte le hizo prometer a su esposo, el empresario Alejandro Shaw, que sus dos niños serían educados bajo la fe católica. Y a pesar de no ser un católico practicante, el padre cumplió con su promesa y puso a sus hijos bajo el cuidado de los Hermanos de la Salle.

Su progenitor, hombre de negocios viajaba constantemente, por lo que los cuidados de los infantes estuvieron durante la niñez a cargo de tías y gobernantas. Este hecho quizás fue el motivo por el cual muy probablemente haya llevado a Enrique a ingresar siendo un jovencito de 15 años a la Escuela Naval en Río Santiago, de donde egresó como guardiamarina.

Se casó, no sin antes sortear diversas dificultades con su alma gemela, Cecilia Bunge, con quien tendría nueve hijos. La Armada Argentina lo había destinado lejos de su hogar y además su suegro, viudo, protegía en demasía a su única hija. Esas fueron las pruebas que tuvieron que sortear para afirmar su profundo amor.

Desempeñó distintas misiones, que la superioridad de la Armada Argentina le asignaba, cumpliendo desde 1944 el patrullaje de las costas patagónicas cuando nuestro país rompió relaciones con las naciones del Eje, hasta ser designado para realizar un curso de meteorología en los EEUU en 1945.

A Enrique le rondaba desde hacía algún tiempo la idea de abandonar la carrera naval para dedicarse a lo que más le gustaba, que era profesar el apostolado cristiano ejerciendo funciones obreras desde alguna empresa. Toda su familia, incluida Cecilia trató de disuadirlo de que no tomase semejante decisión pero no pudieron convencerlo de que reviera su postura.

Cuando llega a los EEUU a cumplir con la misión encomendada por la Superioridad se encuentra con la grata novedad de la rendición del Imperio del Japón, ante lo cual inmediatamente pide la baja de la Armada Argentina.

Estando en el país del norte le llegó la noticia que se le había otorgado la baja solicitada. Daba comienzo a una vida de pobreza, dada su profunda decisión de convertirse en un obrero. De su padre no podía recibir ayuda económica ya que no pasaba un buen momento y su suegro estaba abocado a la construcción de Pinamar. Unos clérigos canadienses le habían sugerido ejercer funciones empresariales con el fin de cumplir el apostolado anhelado y así convertir al cristianismo a los obreros, que tendían a ser ateos.