El tema de las acusaciones a la Iglesia, o al cristianismo en general, no es nuevo y sin embargo no se agota con el paso de los siglos y es que la gente pasa y vienen nuevas generaciones con sus nuevas listas de acusados y acusadores. Los acusadores se dedican a lanzar con saña, digna de mejor empeño, una andanada de planteos a la Iglesia. Los que nos hemos tomado la molestia de conocer lo que la Iglesia enseña y a la Iglesia misma debemos hacer un modesto llamado a la razón.
Cualquiera sea nuestra posición en estos asuntos es imperativo recordar que una mentira o una media verdad defendida con pasión no le sirve de nada a nadie. Sólo la verdad nos sirve y por eso debemos servirla; primeramente con la razón y luego con hombría porque mucha puede ser la aparente virtud de los que agitan acusaciones que saben falaces pero al final, en la soledad de la conciencia, sólo son hombres de verdad los que saben que han cumplido con su deber natural de servir a la verdad hasta las últimas consecuencias. Los otros tienen un nombre que no es bueno repetir aquí.
Este negocio de acusar es muy interesante. En la sociedad en que hoy vivimos el acusar está limitado a unos pocos procuradores. Uno puede reportar un crimen y hasta dar testimonio en cortes personalmente. Sin embargo la atribución de acusar está, desde hace mucho tiempo, limitada a un grupo selecto de personas, los procuradores. Estos hombres son por lo general versados en la ley y personas a quienes la comunidad tiene en alta estima civil.
En la mayoria de los países con los que estoy familiarizado los procuradores tienen la obligación de ser no solamente sabios de las leyes cuya administración reclaman sino también irreprochables ciudadanos con una clara y transparente trayectoria civil. Teniendo estas virtudes. Recordemos que la palabra virtud tiene en este caso la raíz latina "vir", la misma que comparte con la palabra latina para "varón" (que también es "vir").
Teniendo estas virtudes los procuradores deben asimismo tener la habilidad de interpretar las leyes con claridad, imparcialidad y mesura.
Claridad: para beneficio de la justicia y de la confianza del público en su administración.
Imparcialidad: para mayor beneficio de la justicia y de la sociedad a la que sirve pues ser imparcial es ser justo con el criminal haciendo la distinción entre la persona del ciudadano y sus faltas. El procurador define las faltas y sugiere el castigo pero no debe olvidarse que el acusado es también un ciudadano y por lo tanto dueño de una porción de la soberanía que habilitó a la corte para acusar a los que violan las leyes.
Mesura: para que el ejercicio de la ley no sea una carga tan gravosa que destruya al delincuente que la sociedad quiere educar y rescatar si es posible. No se condena a muerte el robo de un pedazo de pan ni se condena a una mera multa la traición a la patria. Estos dos últimos son ejemplos de desmesura; casos en los cuales el castigo no es conmesurable con la falta que se busca castigar. Duro trabajo de equilibrio que tienen entonces los procuradores. Un trabajo difícil para un ser humano que puede maljuzgar y equivocarse con mucha facilidad.
Ahora que hemos reflexionado sobre el ingrato negocio de acusar profesionalmente… ¿Por qué no observamos con cuidado la situación general de los ataques a la Iglesia? Cuando la Iglesia fue fundada, casi dos mil años hace ya de esto, su Fundador hizo claras declaraciones sobre la futura composición de la misma. Un sacerdote dijo una vez que la Iglesia no está tan mal si consideramos que sus miembros fundadores fueron once cobardes y un traidor. Jesucristo no nos envió a entregarnos sin cuidado alguno a la compañía de otros cristianos… todo lo contrario nos advirtió en numerosas ocasiones y con parábolas especialmente ominosas sobre los peligros que el cristiano entero enfrentaría en su propia casa. De ahi que es doctrina cristiana sin discusión que la Iglesia es santa en su misión, aun cuando los individuos que la componen difieren en grado de santidad en forma a veces extrema. De los muy malos a los muy santos, ida y vuelta y con muchos comenzando la vida en una punta y terminándola en la otra.
Frente a esta Iglesia se han plantado muchos acusadores que la han condenado en mayor o menor medida. Ninguno recuerda lo que la Iglesia hizo de bueno y muchos usan la ética social de hoy (que también pasa y pasará de moda) para condenar los hechos de siglos pasados. Los lectores comprobarán algo al enterarse de las diversas acusaciones nuevas y viejas:
- Que los autodeclarados procuradores no son muy versados que digamos y han aceptado como veraz cualquier papel con fama de antiguo (o hasta su recuerdo, transcripción o mera referencia) tomándolo como prueba irrefutable. No ha habido rigor en la investigación misma que precedió a la acusación.
- Que los acusadores son voces solas, que no representan a una sociedad coherente y duradera que los haya ungido con algún tipo de representación o autoridad. Uno se imagina que para plantarse delante de veinte siglos de cultura hace falta algo más que vagas referencias dichas con más pasión que lógica. Para acusar a la institución continua más antigua de nuestra sociedad occidental haría falta, al menos, estar parado en algo un poco más sólido que el endeble banquillo de las propios prejuicios y miedos. Los acusadores no tienen bases filosóficas, sociales o históricas alternativas a lo que quieren acusar y reemplazar.
- Los acusadores carecen de la claridad, imparcialidad y mesura que caracterizan a cualquier esfuerzo intelectual serio. Y en eso pido al lector que sea imparcial pues si de ser parcial se trata a costa de la verdad entonces, ¿qué derecho tenemos de acusar a la Iglesia de la ser maliciosa o de cualquier otra cosa?
El que acusa por simple fobia desmerece la acusación que hace y lo que es aún peor, exige en el acusado una integridad que él mismo no tiene. La falta de mesura se hace evidente en la acusación por su demanda implícita de que execremos a la Iglesia entera como inmoral cuando dentro de esa misma Iglesia han vivido seres humanos de notable integridad moral que han contribuido a través de la historia a la misma sociedad de la que los acusadores se nutren. ¿O es que nos hemos olvidado que la misma Iglesia fue árbitro político, bibliotecario, orfanato, hospital, hotel, escuela, universidad y civilizadora de bárbaros invasores cuando las fuerzas vivas de Europa cedieron a la oscuridad por siglos?
Quienes quieran manejar sus vidas con prejuicios, miedos y medias verdades pueden hacerlo así, no hay modo de impedírselo y por cierto esa forma de vida contiene en sí misma su propio castigo. No es ningún secreto que hay quienes prefieren destruir lo que otros construyen porque lo hallan imperfecto. Tampoco es secreto que es mucho más fácil criticar que construir. El tiempo dirá cuánto duran estos jueces. Por lo que vemos hasta el día de hoy esta Iglesia ha enterrado imperios, coronas, ejércitos y muchos hombres fuertes que ya no son. Prudencia entonces acusadores, que podéis estar arrojando el guante a la cara de Dios.
















