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Esa publicidad en los buses

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"El tonto ha dicho en su corazón—No hay Dios" nos informa el salmista, o según han impuesto las reglas del concejo publicitario británico que se lea: "Probablemente no hay Dios," cuando el lema aparece en los costados de los autobuses ingleses. En Ottawa, la junta municipal votó hace un tiempo aprobando la aparición del mensaje en sus sistemas de tránsito, que ya aparece en otras ciudades de Canadá y otras ciudades de lo que fuera antiguamente el orbe cristiano.

Yo casi nunca estoy de acuerdo con las juntas municipales ni con los concilios publicitarios y no veo razón para hacer una excepción ahora. Mientras que la palabra "probablemente" mejora la retórica del aviso por medio de darle una apariencia un poco más tolerante, hay que hacer notar que también lo ayuda a engañar.

Primeramente, los promotores no piensan que Dios "probablemente" no exista. En realidad apuestan a que Dios NO existe. Me parece muy bien, porque yo admiro a la gente que apuesta fuerte por sus propias creencias, al menos por el momento. Si su escepticismo los va a llevar al infierno, entrarán desfilando orgullosos—rodando triunfalmente en uno de los buses del sistema de transportes de Ottawa.

En segundo lugar, las leyes de la probabilidad no pueden ayudarlo a uno a tomar una decisión sobre la existencia de Dios, porque no influyen sobre lo metafísico. Se puede usar la Matemática (crudamente) para determinar la posibilidad que ciertas cosas ocurran en la naturaleza—digamos, para calcular las chances de que la vida ocurra espontáneamente y evolucione en la tierra, o que la vida inteligente se desarrolle a partir de las esponjas—Pero en el reino de lo sobrenatural, no cuentan las chances. Creo que en eso los ateos y los creyentes inteligentes deben estar de acuerdo.

La publicidad es un negocio engorroso. Atrae a toda clase de personas listas y talentosas, porque el dinero es generalmente bastante bueno y la gente lista prefiere siempre más dinero en vez de menos. El propósito de la publicidad—que nunca averiguaríamos leyendo lo que publican los concilios publicitarios—es vender cosas. Uno puede decir sin miedo a equivocarse que el publicitario es intrínsecamente parcial.

Habiendo establecido este punto, debemos considerar los efectos de la publicidad. No siempre funciona. A veces sale el tiro por la culata. Personalmente disfruto de ver una publicidad brillante, sin importar qué sea lo que promocione. Disfruto aún más cuando encuentro un aviso que es "un poquito demasiado brillante".

En mi humilde y autorizada opinión, un aviso que abiertamente promociona el ateísmo es un verdadero regalo del cielo, pero no para los ateos. ¿Cómo puede ser? Para explicarlo debo invocar (y no por primera vez) la Ley Warren de las Paradojas, que afirma, entre otras cosas, que probar una proposición falsa con la mayor claridad, es justamente la mejor manera de exponer su falsedad.

En este caso se niega la creencia en Dios. Pero para probar el caso, uno debe mencionarlo a El. Desde el momento en que uno hace eso, se comienza a luchar por retaguardia. Se ha hecho que la gente piense en Dios. Sería mejor para la causa anti-Dios si la gente no pensara en Dios para nada.

La Ley Warren de las Paradojas tiene muchos postulados y de acuerdo a ellos, juzgo que los avisos en los buses, parecen estar anotando algunos goles en contra al querer meterle el dedo en el ojo a la gente con creencias religiosas. Prefiero en este caso, concentrarme en la agresiva punta y no en el metal oxidado que la compone. Por eso déjenme proponer que casi todo lo que la industria de la publicidad produce normalmente causa mucho más daño a la creencia en Dios que estos conspicuos avisitos ateos.

El secreto de la publicidad, en lo que hoy es mayormente el mundo post-cristiano, es usar ciertas cosas que se parecen a las virtudes teológicas en contra de las virtudes cardinales. Quiero decir que el propagandista debe tratar de convencer al potencial comprador usando una parodia de la fe ("esto es real"), esperanza ("pierda 10 kilos en una semana") y caridad ("hágales sonreír") si el sujeto deja de resistirse a las ventas como bien lo aconsejan la prudencia, la justicia, la templanza y el valor.

Quizás me entiendan mejor si lo pongo en términos negativos. La estrategia usual de la publicidad es usar las tentaciones de los pecados mortales: avaricia, lujuria, gula, vanagloria, etc. al decirle a su audiencia "deja de preocuparte y disfruta de la vida".

Como estrategia atea, eso es mucho más efectivo, porque deja a Dios completamente fuera del campo de acción. De hecho el vendedor ha persuadido al cliente de olvidarse completamente de Dios, quien, como todos sabemos contribuye a la caída de las ventas por su bien conocida oposición al pecado.

Permítanme hacer esto aún más evidente. Tomemos al l hombre urbano promedio que diariamente va a su trabajo en automóvil—a diferencia de aquellos atrapados en los buses, que no pueden leer el aviso durante los embotellamientos—Este hombre no es ateo, ni cristiano ni nada que se le parezca. En general no es una persona que le dedique mucho tiempo a Dios, o a pensar en Dios... Es una persona que se ha entrenado concienzudamente—o ha sido entrenado concienzudamente por la televisión y la publicidad—a ignorar "el asunto Dios" completamente. Este pobre tipo sólo tiene tiempo de pensar en algo tan serio cuando está atrapado en su auto, durante los embotellamientos de tránsito.

Datos

David Warren, ha sido editor ejecutivo de Idler Magazine, una revista canadiense de amplia circulación. Ha viajado extensamente, especialmente por el Medio y Lejano Oriente. Escribe para el Ottawa Citizen desde 1996 comentando principalmente sobre asuntos de política internacional. Traducción por Carlos Caso-Rosendi. Título del original en inglés Those Bus Ads.