| Indice |
|---|
| Owen Francis Dudley |
| Una impresión profunda |
| ¿Qué estoy predicando? |
| Cae el velo |
| Camino a Roma |
| Infalibilidad |
| El obstáculo final |
| Sumisión |
| Conclusión |
| Referencias |
| Ver Todo |
Mi primer contacto con la Iglesia católica lo tuve en la escuela, al escupirme en la cara un muchachito católico-romano. Era mayor que yo ; por eso tuve que aguantarme. Pero no olvidé que era católico-romano. Más tarde volví a tener contacto con la Iglesia en una conferencia con proyecciones, a la que mi madre me llevó consigo. En el transcurso de la conferencia apareció en la pantalla un anciano con un gran sombrero y una larga sotana blanca. Entonces pregunté a mi madre quién era aquel hombre, a lo cual me contestó ella lacónicamente "el Papa de Roma". No sé por qué motivo, pero lo cierto es que me quedó la impresión de que había algo que no estaba en regla en el "Papa de Roma".
En la escuela aprendí, al estudiar la "Historia inglesa" (de la cual supe más tarde que no era completamente inglesa ni completamente historia), que no sólo en el Papa de Roma, sino en toda la Iglesia del Papa, había algo que no estaba en regla. Me formé la siguiente idea: Durante más de mil años había tenido el Papa bajo su poder a toda Inglaterra; más aún, no sólo a toda Inglaterra, sino a toda Europa. Durante este tiempo, la Iglesia "romano-católica" se había ido corrompiendo cada vez más, hasta que, por fin, casi había llegado a desaparecer completo el cristianismo primitivo, fundado por Jesucristo. Se adoraban ídolos en lugar de Dios. Por todas partes triunfaba la superstición.
La educación y la ciencia faltaban por completo. Todo y todos estaban bajo el dominio de los sacerdotes. Después leí cómo, al fin, había llegado la "gloriosa Reforma"; cómo la luz del astro matutino había esclarecido las tinieblas; cómo había sido desechado el yugo del Papa con todos sus enredos y perversidades; estudié el triunfo de la Reforma en Inglaterra; la restauración de las primitivas doctrinas de Cristo y del "Evangelio puro"; el progreso y el adelanto a partir del gobierno de la "buena reina Isabel" ("good Queen Bess"); la liberación de los espíritus de la servidumbre de Roma. Todo esto lo aprendí como alumno de la escuela inglesa. Y lo creí todo. Después hice una cosa que todos tenemos que hacer. Crecí. Y crecí sin dudar de la verdad de aquello que había oído. Cuando fui mayor, decidí hacerme ministro de la Iglesia de Inglaterra. Con este fin, ingresé en una escuela de teología anglicana. Pero tengo que confesar que allí experimenté cierta perplejidad, pues no podía comprender qué era lo que tenía que enseñar como eclesiástico anglicano. Incluso era manifiesto para mi espíritu juvenil que mis maestros se contradecían hasta en las cuestiones más esenciales de la doctrina cristiana.
Mis propios condiscípulos disputaban incesantemente sobre las más sencillas verdades de la fe. Acabé por abandonar la escuela bastante confuso. Tenía una ligera sospecha de que la Iglesia de Inglaterra no me había enseñado teología ninguna. Más tarde comprendí que no podía enseñar ninguna teología sistemática. Durante los estudios teológicos fue también cuando por vez primera visité Roma durante las vacaciones. Al llegar allí sucedió que no fue otro aquel con quien me encontré, sino el mismo "Papa de Roma". Era el Papa Pío X, a quien llevaban en la sedia gestatoria hacia San Pedro. Pasó muy cerca de mí, y pude ver su rostro con todo detalle. Era el rostro de un santo.
















