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El ataque soviético contra el Vaticano

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Corromper la Iglesia fue siempre un objetivo prioritario para la KGB.La Unión Soviética siempre se sintió incómoda viviendo en el mismo mundo que el Vaticano. En documentos que se han hecho públicos últimamente se pone en evidencia hasta dónde estaba dispuesto a llegar el Kremlin para contrarrestar el anticomunismo de la Iglesia Católica.

En marzo del 2006, una comisión parlamentaria concluyó “con toda razonabilidad, que los líderes de la Unión Soviética tomaron la iniciativa de eliminar al Papa Karol Wojtyla”, en represalia por el apoyo que el Papa dio al movimiento disidente Solidaridad en Polonia. En enero del 2007, cuando salieron a la luz documentos acusando al recién nombrado Arzobispo de Varsovia, Stanislaw Wielgus, de colaborar con la policía política de Polonia en tiempos del comunismo en ese país, el prelado confirmó las acusaciones y renunció. Al día siguiente, el rector de la Catedral de Wawel en Cracovia, donde yacen los restos de los reyes y las reinas de Polonia, renunció por la misma razón. También ha salido a relucir que Michal Jagosz, del tribunal eclesiástico encargado de evaluar la causa para la canonozación del Papa Juan Pablo II, ha sido acusado de haber sido agente de la policía secreta comunista. Según los medios de difusión polacos, había sido reclutado en 1984, antes de salir de Polonia para su asignación en el Vaticano. En estos momentos está a punto de publicarse un libro que identifica 39 sacerdotes más cuyos nombres aparecen en los archivos de la policía secreta de Cracovia, algunos de los cuales ahora son obispos. Y parece que esto es solo una pequeña muestra. Una comisión especial pronto comenzará a investigar los pasados de todos los miembros del clero durante la era del comunismo, ya que se cree que miles de sacerdotes católicos a lo largo y ancho del país fueron colaboradores de la policía secreta. Y esto es solo en Polonia—los archivos de la KGB y los de la policía política del resto de los paises del antiguo bloque soviético aún no se han abierto a la luz pública en lo que se refiere de las operaciones contra el Vaticano.

En mi antigua carrera, cuando trabajaba para los servicios de inteligencia internacional de Moscú, yo mismo estuve involucrado en un intento del Kremlin de desprestigiar al Vaticano haciendo aparecer que el Papa Pío XII había sido un despiadado simpatizante de los nazis. A fin de cuentas, tal proyecto no causó daños duraderos, pero sí dejó un resíduo de mal sabor—una mancha que es difícil de borrar. Esta historia jamás se ha contado.

Se combate a la Iglesia

En febrero de 1960, Nikita Khrushchev aprobó un plan super secreto para destruir la autoridad moral del Vaticano en Europa occidental. Fue idea del jefe de la KGB, Aleksandr Shelepin, y del reponsable de las políticas internacionales del Politburó soviético, Aleksey Kirichenko. Hasta ese entonces, la KGB había combatido su “enemigo mortal” solo en Europa oriental, donde la Santa Sede había sido atacada crudamente como un nido de espionaje pagado por el imperialismo americano, lo que justificaba que sus representantes fueran sumariamente encarcelados acusados de ser espías. Ahora Moscú quería que el Vaticano fuera desacreditado por sus propios sacerdotes, en su propio territorio, como un santuario del nazismo.

Eugenio Pacelli, conocido como el Papa Pío XII, fue seleccionado por la KGB como blanco principal—como la encarnación del mal de la Iglesia—porque había partido de este mundo en 1958. “Los muertos no pueden defenderse”, era el lema del momento de la KGB. Moscú había sufrido gran humillación al descubrirse que había inventado los cargos bajo los cuales, en 1948, se había condenado a cadena perpetua y encarcelado a un prelado del Vaticano, el Cardenal Jósef Mindszenty, primado de Hungría. Durante el levantamiento anticomunista en Hungría en 1956, el cardenal escapó de la cárcel y se asiló en la embajada americana de Budapest, donde comenzó a escribir sus memorias. A medida que los periodistas occidentales fueron enterándose de los detalles de la fabricación de los cargos contra él, el Cardenal comenzó a ser visto como héroe santo y mártir de la fe.

En cuanto a Pío XII, por haber sido nuncio papal en Munich y Berlín al comienzo de la dominación nazi, la KGB quizo proyectarlo como un antisemita que alentó el holocausto de Hitler. La clave para que esta campaña de desprestigio tuviera éxito, era mantener totalmente en secreto la actuación del bloque soviético en ella. El trabajo sucio tenía que ser llevado a cabo en su totalidad por manos occidentales, y con evidencias del propio Vaticano. Esto también corregiría otro error cometido en el caso Mindszenty, cuya evidencia fabricada había consistido de documentos falsos soviéticos y húngaros. (El 6 de febrero de 1949, a solo unos días de terminar el juicio de Mindszenty, el experto calígrafo húngaro que fraguó la “evidencia” contra el cardenal, Hanna Sulner, huyó a Vienna y mostró microfilmes de los “documentos” en los que el circo judicial soviético se había basado. Hanna demostró, en testimonio con lujo de detalles minuciosos, que todos los documentos habían sido fraguados, “algunos imitando la letra del cardenal, otros falsificando su firma”, por ella misma.)

Para evitar otra catástrofe como la de Mindszenty, la KGB necesitaba documentos originales del Vaticano, aunque estuvieran solo remotamente relacionados con Pío XII, que sus expertos en dezinformatsiya (desinformación) pudieran modificar ligeramente para luego presentarlos de la manera necesaria que comprobara la “verdadera persona” del Papa. La principal dificultad era que la KGB no tenía acceso a los archivos del Vaticano, por lo que se vislumbró la actuación de mi DIE, el servicio de inteligencia extranjera rumano. El nuevo jefe del servicio de inteligencia extranjera soviético, el general Aleksandr Sakharovsky, había creado el DIE en 1949 y hasta hacía poco había sido nuestro principal asesor soviético; sabía que el DIE podía contactar el Vaticano y obtener permiso para registrar sus archivos. En 1959, cuando fui asignado a Alemania Occidental como segundo jefe de la misión rumana (cargo que encubría mi misión de inteligencia), había tenido éxito en lograr un “intercambio de espías”, mediante el cual dos oficiales del DIE (el coronel Gheorghe Horobet y el mayor Nicolae Ciuciulin) que habían sido capturados en Alemánia occidental “con las manos en la masa”, fueron intercambiados por el obispo católico Agustin Pacha que había sido encarcelado por la KGB bajo el falso cargo de espionaje, y finalmente devuelto al Vaticano vía Alemania Occidental.

Infiltrados en el Vaticano

“Asiento-12” fue el nombre en clave que se le dio a esta operación contra Pio XII, y yo me convertí en su punta de lanza rumana. Para facilitar mi tarea, Sakharovsky me había autorizado informar (falsamente) al Vaticano que Rumania estaba lísta para restaurar sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede, a cambio de acceso a sus archivos y un préstamo de mil millones de dólares sin intereses por 25 años. (Las relaciones entre Rumania y el Vaticano habían sido rotas en 1951, cuando Moscú acusó a la nunciatura del Vaticano en Rumania de ser agencia encubierta de la CIA y cerró sus oficinas. Los edificios de la nunciatura en Bucarest habían sido dados al DIE, y ahora albergaban una escuela de idiomas extranjeros.) El acceso a los archivos papales, le diría yo al Vaticano, era necesario para encontrar raices históricas que ayudaran al gobierno rumano a justificar públicamente su cambio de política hacia la Santa Sede. Lo de los mil millones (no, no es error de imprenta) de dólares, me informaron, fue añadido para que el supuesto cambio de actitud de Rumania fuera visto con credulidad. “Si hay algo que esos curas entienden es el dinero”, dijo Sakharovsky.

Mi papel anterior en el intercambio del obispo Pacha con los dos oficiales del DIE me abrió las puertas [del Vaticano] como se había supuesto. Al mes de haber recibido las instrucciones de la KGB, tuve mi primer contacto con un representante del Vaticano. Por razones de mantenerlo todo en secreto, ese encuentro—y la mayoría de los otros que le siguieron—tomó lugar en un hotel de Ginebra, Suiza. En esa primera ocasión se me presentó a un “miembro influyente del cuerpo diplomático” quien, según me informaron, había comenzado su carrera trabajando en los archivos del Vaticano. Su nombre era Agostino Casaroli y enseguida supe que era realmente influyente, pues ahí mismo este monseñor me dio acceso a los archivos del Vaticano. Y en muy poco tiempo había tres oficiales encubiertos del DIE que, haciéndose pasar por sacerdotes rumanos, esculcaban los archivos papales. Casaroli también aceptó “en principio” la demanda de Bucarest del préstamo sin intereses, indicando que el Vaticano deseaba poner algunas condiciones. (Hasta 1978, cuando salí de Rumania definitivamente, todavía estabamos negociando ese préstamo, cuyo monto había ido bajando y se encontraba ya en 200 millones de dólares.)

De 1960 a 1962, el DIE logró fotografiar en los archivos del Vaticano y la Biblioteca Apostólica cientos de documentos relacionados de una manera u otra con el Papa Pío XII. Todo se enviaba inmediatamente a la KGB por servicio especial de mensajero. En efecto, nunca se encontró nada contra el Pontífice en ninguno de esos tantos documentos fotografiados en secreto. Eran mayormente copias de cartas personales y discursos o actas de reuniones, todo en el lenguaje rutinario de la diplomacia que uno esperaría encontrar. Sin embargo, la KGB seguía pidiendo más documentos. Y seguimos enviando más.

La KGB produce una obra teatral

En 1968, el general Iván Agayants, infame jefe del departamento de desinformación de la KGB, aterrizó en Bucarest para darnos las gracias por nuestra colaboración. Nos dijo que “Asiento-12” había resultado en una potente obra teatral difamando al Papa Pío XII, titulada El Diputado en referencia oblicua al Papa como representante de Cristo en la tierra. Agayants se atribuyó el bosquejo de la obra, y nos dijo que la misma tenía unos voluminosos apéndices de documentos de fondo que sustanciaban su historicidad—documentos que habían sido elaborados por sus expertos con la ayuda de los originales que nosotros habíamos conseguido del Vaticano. Agayants nos dijo que el productor de El Diputado, Erwin Piscator, era un ardiente comunista con lazos muy antiguos con Moscú. En 1929 había fundado el Teatro Proletario de Berlín, luego al tomar Hitler el poder había pedido asilo político en la Unión Soviética, y años después había “emigrado” a los Estados Unidos. En 1962, Piscator había regresado a Berlín occidental para producir El Diputado.

En todos mis años en Rumania , siempre sospeché de todo lo que decían mis jefes de la KGB, porque acostumbraban tergiversar los hechos para hacer ver que la inteligencia soviética era la madre y el padre de todo. En este caso, había fundamentos para creer la actuación que Agayants se acreditaba a sí mismo. Era una celebridad, bien conocido en el campo de la desinformatsiya. En 1943, como agente residente en Iran, Agayants lanzó el informe desinformativo que Hitler había conformado un equipo especial para secuestrar de la embajada americana en Teherán al presidente Franklin Roosevelt durante la cumbre de los aliados que se iba a celebrar allí. Por lo que Roosevelt aceptó ser hospedado en un chalet que gozaba de la “seguridad” del territorio de la embajada soviética que era protegida por una unidad militar grande. Todo el personal soviético asignado a ese chalet eran agentes de la inteligencia soviética que hablaban inglés, lo cual mantenían en secreto con muy pocas excepciones, para así poder escuchar conversaciones. Aún con las limitaciones de la tecnología de la época, Agayants logró suministrarle a Stalin informes cada hora sobre los huéspedes americanos e ingleses. Esto ayudó a que Stalin pudiera obtener la aprobación tácita de Roosevelt para retener los paises bálticos y demás territorios ocupados por los soviéticos en 1939-40. A Agayants también se le atribuye que Roosevelt se dirigiera a Stalin de modo familiar en esa cumbre, llamándolo “Uncle Joe” [“Tío Pepe”]. Según nos dijo Sakharovsky, Stalin disfrutó eso mucho más que de las ganancias territoriales. “¡El paralítico es mío!”, exclamaba Stalin exaltado.

Un año antes que se lanzara El Diputado, Agayants había alcanzado otro impresionante logro. Fabricó de tela rústica un manuscrito diseñado a persuadir a Occidente que, en el fondo, el Kremlin tenía en alta estima a los judíos. Esto fue editado en Europa occidental, con mucho éxito popular, como el libro titulado Anotaciones para un diario. El manuscrito fue atribuído a Maxim Litvinov, nacido Meir Walach, el antiguo comisario soviético para asuntos exteriores, quien había sido destituído de su cargo en 1939 cuado Stalin purgó todo su aparato diplomático de judíos en anticipación de la firma de su pacto de “no agresión” con Hitler. (El famoso pacto de no agresión entre Stalin y Hitler se firmó el 23 de agosto de 1939 en Moscú. Contenía un Protocolo secreto que repartía a Polonia entre los dos signatarios y otorgaba manos libres a los soviéticos para dominar Estonia, Latvia, Finlandia, Besarabia y Bukovina del norte.)

Este libro de Agayants fue tan perfectamente falsificado que el experto historiador en la Rusia soviética, el más prominente de Inglaterra, Edward Hallet Carr, estaba totalmente convencido de su autenticidad, a tal extremo que incluso escribió el prólogo. (Carr había escrito una Historia de la Rusia soviética de diez tomos.)

El Diputado apareció en 1963 como la obra de un desconocido alemán occidental llamado Rolf Hochhuth, bajo el título de Der Stellvertreter, Ein christliches Trauerspiel (El Diputado, una tragedia cristiana). Su tésis central era que Pío XII había apoyado a Hitler y lo había alentado a proceder con el holocausto judío. Inmediatamente causó una gran controversia sobre la persona de Pío XII, a quien presentaba como un hombre frío y sin corazón que estaba más interesado en las propiedades del Vaticano que en el destino de las víctimas de Hitler. El texto original presenta una obra escénica de ocho horas, respaldada por unas 40 a 80 páginas (dependiendo de la edición) de lo que Hochhuth llamó “documentación histórica”. En un artículo de periódico pubicado en Alemánia en 1963, Hochhuth defiende su presentación de Pío XII diciendo: “Los hechos estan ahí—cuarenta páginas llenas de documentación en el apéndice de mi obra.” En una entrevista radial de 1964 en Nueva York, cuando el estreno de El Diputado allí, Hochhuth dijo “consideré necesario añadirle al guión un apéndice histórico de cincuenta a ochenta páginas (dependiendo del tamaño de la letra).” En la edición original, el apéndice se titula Historische Streiflichter (Acotaciones históricas). El Diputado ha sido traducido en unos 20 idiomas, acortándolo drásticamente y usualmente omitiendo el apéndice.

Antes de escribir El Diputado, Hochhuth, quien carecía de título de Bachiller (Abitur), trabajó en varios cargos sin pena ni gloria en la editorial Bertelsmann. En las entrevistas, decía haber tomado un año de descanso sabático en 1959 y visitado Roma, donde pasó tres meses hablando con la gente y escribiendo el primer borrador de la obra, y donde le hizo “una serie de preguntas” a un obispo de la Iglesia cuyo nombre rehusó divulgar. ¡Poco probable! En esa misma época, yo visitaba el Vaticano muy frecuentemente como mensajero acreditado de un jefe de Estado, y jamás pude encontrar ningún obispo conversador que quisiera hablar a solas conmigo—y no por falta de intentos de mi parte. Los oficiales del DIE que infiltramos en el Vaticano también encontraron obstáculos casi insuperables al intentar penetrar en los archivos secretos del Vaticano, a pesar de tener la cubierta perfecta de ser sacerdotes.

En mis tiempos dentro del DIE, cada vez que le pedía a mi jefe de personal, el general Nicolae Ceausescu (hermano del dictador), que me diera un resumen del expediente de alguno de mis subordinados, siempre me preguntaba “¿Para promoción o democión?”. En sus primeros diez años, El Diputado definitivamente sirvió “para la democión” del Papa. Suscitó una serie de libros y artículos, algunos acusando y otros defendiendo al Pontífice. Hubo algunos que llegaron a culpar al Papa de las atrocidades de Auschwitz, mientras que otros meticulosamente desmentían los argumentos de Hochhuth. Todos contribuyeron a la gran atención que recibió esa artificiosa obra en su día. Hoy día, mucha gente que jamás han oído hablar de El Diputado están sinceramente convencidos que Pío XII fue un hombre frío y malo, que odiaba a los judíos y ayudó a Hitler a eliminarlos. Como me solía decir Yuri Andropov, el presidente de la KGB e inigualable maestro de la decepción soviética, la gente está más dispuesta a creer lo bajo que lo santo.

Las falsedades socabadas

Hacia la mitad de la década de los 1970, El Diputado empezó a perder impulso. En 1974, Andropov nos dijo que, si hubiéramos sabido entonces lo que sabemos hoy, jamás habríamos arremetido contra Pío XII. Lo que ahora hacía la diferencia era la información recién revelada que Hitler, lejos de ser amistoso hacia Pío XII, había estado tramando contra él.

Solo unos días antes de las palabras de Andropov, el antiguo Comandante Supremo del Escuadrón de la SS (Schutzstaffel) alemana en Italia durante la Segunda Guerra Mundial, el general Friedrich Otto Wolff, que había sido liberado de la cárcel confesó que en 1943 Hitler le había ordenado secuestrar al Papa Pío XII del Vaticano. Esa órden había sido tan secreta que jamás apareció en los archivos nazis después de la guerra. Ni tampoco había surgido de ninguna de las numerosas entrevistas e interrogatorios que le hicieron los aliados victoriosos a los oficiales de la Gestapo y de la SS. En su confesión, Wolff dijo que le había respondido a Hitler indicando que tal órden tomaría seis semanas en llevarse a cabo. Hitler, que culpaba al Papa por la caída del dictador italiano Benito Mussolini, quería que se hiciera enseguida. Al fin, Wolff persuadió a Hitler que habrían grandes repercusiones negativas si el plan era llevado a cabo, y el Führer desistió.

Fue también en 1974 que el cardenal Mindszenty publicó su libro de memorias, que describe con lujo agonizante de detalles como había sido falsamente enjuiciado en la Hungría comunista. En base a la evidencia de documentos fraguados, fue acusado de los delitos de “traición, malversación de moneda extranjera y confabulación”, cada uno de los cuales “conllevaba la pena capital o cadena perpetua.” También describe como su “confesión” falsificada fue gradualmente cobrando prestigio de autenticidad. “Yo hubiera pensado que cualquier persona debería haber reconocido al instante que este documento no es más que una pobre falsificación, por ser producto de una mente torpe e inculta”, escribe el cardenal. “Pero luego al leer libros, periódicos y revistas extranjeras que hablaban de mi caso y comentaban sobre mi ‘confesión’, me di cuenta que el público debió haber concluído que la ‘confesión’ había realmente sido escrita por mí, aunque fuera en un estado semiconsciente y bajo la influencia de un lavado de celebro... Que la policía haya publicado un documento que ellos mismos habían fraguado les resultaba difícil de creer.” Además, Hanna Sulner, la experta húngara en letra de mano que falsificó los documentos y huyó a Vienna, confirmó que la “confesión” de Mindszenty había sido falsificada completamente.

Unos años más tarde, el Papa Juan Pablo II lanzó el proceso de canonización de Pío XII, y testigos de todo el mundo han dado testimonio comprobando que Pío XII era enemigo, y no amigo, de Hitler. Israel Zoller (Eugenio Zolli), el rabino principal de Roma en los años 1943-44, cuando Hitler tomó la ciudad, dedicó todo un capítulo de sus memorias a elogiar el liderazgo de Pío XII. “El Santo Padre envió, vía mensajero privado, una carta a los obispos instruyéndolos que abrieran los conventos y monasterios a los judíos que buscaban refugio. Sé personalmente de un convento donde las Hermanas dormían en el sótano para que los judíos refugiados durmieran en sus camas.” El 25 de julio de 1944, Zoller fue recibido por el Papa Pío XII. Las anotaciones del secretario de estado del Vaticano, Giovanni Battista Montini (quien llegaría a ser el Papa Pablo VI veinte años más tarde), indican que el rabino Zoller expresó su agradecimiento al Santo Padre por lo mucho que había hecho para salvar la comunidad judía de Roma—y su agradecimiento fue trasmitido por radio. El 13 de febrero de 1945, el rabino Zoller fue bautizado por el obispo auxiliar de Roma, Luigi Traglia, en la iglesia Santa María degli Angeli. En gratitud a Pío XII, Zoller tomó el nombre cristiano de Eugenio (el nombre de pila del papa). Un año después, la esposa y la hija de Zoller fueron bautizados también.

David G. Dalin, en El mito del Papa de Hitler: Como el Papa Pío XII rescató a judíos de los nazisi, publicado hace unos meses, ha copilado pruebas adicionales de la amistad de Eugenio Pacelli con los judíos desde mucho antes de ser Papa. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la primera encíclica del Papa Pío XII era tan anti-Hitler que la Royal Air Force (fuerza aérea inglesa) y la Fuerza Aérea Francesa dejaron caer 88.000 copias de la misma sobre Alemánia.

En el transcurso de los últimos dieciséis años, la libertad de religión ha sido restaurada en Rusia, y una nueva generación ha venido luchando por desarrollar una nueva identidad nacional. Esperemos que el presidente Vladimir Putin tenga a bien abrir los archivos de la KGB para que se ponga sobre la mesa, para ser visto por todos, como los comunistas calumniaron uno de los papas más importantes del útimo siglo.