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Los derechos de todos

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La cultura de una nación determina, en su sentido más amplio, la tradición en la que se inserta la persona. Y es grave que se dé una manipulación de las tradiciones, de la cultura, una dispersión de los valores del pueblo, promulgación de leyes que no siempre están al servicio del ennoblecimiento de la persona, de la familia o de la educación. Siglos hace que, a propósito de progresismos equivocados, advirtió San Agustín: "¡No busques una liberación que te lleve lejos de la casa del liberador!".

A propósito de esta manipulación cultural, Karl Popper, que no habla desde la religión sino desde la fuerza de su discurso intelectual, dice: "Entre las tradiciones que hemos de considerar más importantes se encuentra la que podríamos llamar "marco moral", correspondiente al "marco legal institucional" de una sociedad. Este marco moral expresa el sentido tradicional de la justicia o de equidad de la sociedad, o el grado de sensibilidad moral que ha alcanzado. Nada más peligroso que la destrucción de este marco tradicional. Su destrucción conduce al cinismo y al nihilismo, es decir, al desprecio y a la disolución de todos los valores humanos".

Hemos de mantener la creatividad cultural del cristianismo y su relación con la cultura. Porque esa relación no se puede concebir como si se tratase de confrontar: la "fe" y la "cultura". La fe es gracia, pero también es una verdadera experiencia humana, cuya verdad es verificable por la razón humana y que es determinante para el sentido mismo de la existencia, porque da sentido pleno a la vida y a la muerte humana.

La actitud del cristiano valora todo lo que en la historia y en las obras de los hombres es grande, bello, verdadero y bueno. Es decir, todo "vestigio" no deformado por el pecado.