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El significado de los Sacramentos

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Sacramentos

Para comenzar debemos remontarnos a los tiempos de la Reforma protestante, cuando miles de cristianos abandonaron la Iglesia Católica para formar grupos eclesiales separados de la autoridad de Roma. La idea original de los autoproclamados reformadores era formar una sola iglesia separada del Papa. Sin embargo pronto sus desacuerdos y desavenencias resultaron en divisiones que continúan hasta nuestros días. Del largo catálogo de diferencias y separaciones, hay algo que sobresale en particular: el problema de los sacramentos. Lo escribo así con minúscula inicial porque no estoy hablando de los Sacramentos cristianos de todos los tiempos sino de las diferentes concepciones y definiciones que surgieron en la era que siguió a la Reforma Alemana. Se puede afirmar, en forma general y sin temor a errar demasiado, que el protestantismo considera los sacramentos como meras representaciones simbólicas de una realidad espiritual. Repasemos los siete Sacramentos de la Iglesia Católica, que son:

—Bautismo
—Confirmación
—Eucaristía
—Penitencia (Reconciliación)
—Matrimonio
—Ordenación Sacerdotal
—Unción de los Enfermos

Una breve historia y definición

La mayoría de los grupos eclesiales protestantes sostiene el bautismo y el matrimonio. Algunos practican la "Cena del Señor" y cierta clase de ordenación para el ministerio. Confirmación, penitencia y unción son menos practicados entre los cristianos separados. Se puede afirmar que estas agrupaciones eclesiales consideran sus sacramentos como gestos, votos, o testimonios cuyo valor radica en simbolizar una realidad espiritual. La pregunta que surge es ¿en qué se diferencian los Sacramentos católicos de sus equivalentes en el protestantismo? La definición clásica en el catolicismo es como sigue: "Los sacramentos son signos externos de la gracia interna, instituidos por Cristo para nuestra santificación." (Catecismo del Concilio de Trento, n.4, ex S. Aug. "De Catechizandis rudibus"). Esta sucinta definición nos transmite primeramente el concepto del Sacramento como "signo" o sea una señal que significa o da evidencia de algo. En este caso el signo sacramental da evidencia de una realidad de la gracia de Dios que no siempre es evidente a los sentidos.

La diferencia entre el concepto católico y el protestante reside en la apreciación de la realidad que subyace al signo: para el católico el signo es la evidencia de algo que no puede ser visto fácilmente, como por ejemplo los puntitos rojos en la cara de un niño nos dan la evidencia de que tiene sarampión, lo cual es una realidad a la cual el signo está sujeto, realidad que no puede existir separada del signo. Para el protestante en general, el signo es puramente simbólico, como el uniforme deportivo que identifica a un atleta en una competencia. De esa manera, en el bautismo para el protestante es un testimonio al mundo de su fe en Cristo; para el católico el bautismo no es solamente un testimonio sino también el comienzo de un proceso regenerativo que lleva a la persona a su plenitud en Cristo. Tanto el signo (i.e. la aspersión) como el proceso de regeneración que le sigue son parte inseparable del Sacramento.

Las raíces de la significación

Cuando nos comunicamos hacemos uso de signos. Por ejemplo, este mismo trabajo que usted está leyendo ahora no podría ser entendido si no existieran varios sistemas de comunicación simbólica. Los dos más evidentes son el alfabeto romano y el idioma castellano. Ambos colaboran para que usted y yo podamos comunicarnos en este momento. También estamos haciendo uso del internet y toda una serie de protocolos y medios de comunicación pero para no complicarnos mucho vamos a reducirnos a lo más esencial, el alfabeto y el idioma.

Cuando yo describo un concepto, por ejemplo "Arco del Triunfo en París" la imagen del famoso monumento viene a la mente. Primero comenzamos con la "a" que representa un sonido y luego agregamos más letras hasta completar una palabra y luego otra y otra. De ese modo invocamos en unas cuantas palabras a un objeto real que existe en París. Como es de imaginarse, ninguno de nosotros (espero) cree tener un Arco del Triunfo dentro de la cabeza. Sin embargo somos capaces de recordar esa realidad que hemos visto antes en un libro o en una película o, para algunos afortunados viajeros, en persona. Para resumir, hemos invocado un símbolo que nos refiere a una realidad.

Podríamos cambiar eso un poquito y decir esta vez "El Arco del Planeta Marte". Como ninguno de nosotros sabe de semejante arco, queda a la imaginación de cada uno el resolver cómo se vería en realidad. Por mucho que declamemos sobre este inexistente monumento, nunca aparecerá en Marte a menos que alguien lo construya. En pocas palabras, nos falta el elemento común a representar, la realidad que estamos tratando de representar aun no existe. Los humanos solamente podemos usar la palabra para invocar algo que ya existe.

¿Es ese el caso con Dios? En el Génesis leemos "Y dijo Dios: Hágase la luz y la Luz se hizo." Lo maravilloso de esto que acabamos de leer es que la mera invocación por Dios de una realidad inexistente, causa que esa realidad "sea". De hecho, los cristianos creemos que Dios es tan real que Su mismísima Palabra es una Persona: Dios Hijo. En la fe cristiana la Memrah de la fe hebrea se hace manifiesta al mundo en la persona de Cristo, el Logos, el Verbum Dei, la Palabra de Dios.

Lo que apreciamos aquí es la diferencia entre creador y criatura: Dios es y al mismo tiempo causa que otras cosas sean, comenzando ex nihilo, desde la nada. El "medio" que Dios usa es su Palabra—así como nosotros para invocar un concepto como el Arco del Triunfo, usamos primariamente el alfabeto—Dios se vale del Alfa y la Omega, Jesucristo.

A este punto se preguntará usted para qué traigo todo esto a referencia. Ya todos sabemos que no podemos crear como Dios lo hace, por medio de nombrar algo y a partir de la nada. Después de todo ésa es la diferencia fundamental entre el Creador y la creación. Nada nuevo hemos aprendido, con excepción quizás de que podemos apreciar que las representaciones de Dios no son sólo símbolos sino que entran en la realidad como una nueva creación sin la mediación anterior de algo que las represente ¿Qué tiene que ver esto con los Sacramentos? ¡Absolutamente todo!

Los Sacramentos, un don de Dios

Cuando nuestros primeros padres desobedecieron el mandamiento de Dios, la entera naturaleza comenzó a degradarse. La tierra produjo cardos y espinos, el cuerpo del hombre y de la mujer comenzaron su lenta declinación a la vejez y la muerte. Se puede decir que el pecado original comienza la destrucción de la creación que Dios había declarado buena.

Luego de la desobediencia Dios se hace presente en el jardín que le había dado al hombre para vivir. La visita no es sorpresiva, pues entendemos de la Escritura que Dios "se paseaba por el jardín en de la parte airosa del día". Dios aparece en el huerto a la hora acostumbrada. No olvidemos que Dios es Dios y que nada puede sorprenderlo, El ya sabía que el hombre había desobedecido. El hombre, mientras tanto, al oír la voz de Dios en el huerto, se esconde porque algo le dice en su interior que está desnudo, que no está ataviado de la pureza suficiente para aparecer delante de Dios. La presencia de Dios es real para el hombre Adán y esa realidad lo perturba. Notemos esto en la frase del hombre "Oí tu voz en el huerto y me escondí porque estaba desnudo." Nuevamente la voz de Dios, la palabra proferida, tiene un efecto directo en el mundo natural—en este caso el de hacer manifiesta la falta de santidad del hombre desobediente—pero ahora se ha invertido la función, la voz de Dios no crea cosas nuevas sino que pone en evidencia el desorden que ha entrado en la creación por medio del pecado.

Meditando un poco en la intención de Dios, notamos que el pecado ha comenzado a revelar un aspecto de la persona de Dios que el Universo no conocia: Su misericordia —¿por qué digo esto?—Porque Dios, sabiendo la injusticia que se había cometido no ejecuta la justa sentencia prometida sino que "pretende" por un minuto, no saber nada de lo que ha ocurrido hasta hacerse manifiesto al hombre. A su tiempo, Dios debe expulsar al hombre del jardín pero no sin antes darle pieles para abrigarse y no sin prometerles que, desde ese mismo momento comienza a trabajar en la redención de la raza humana por nacer. En cierta forma estas dos acciones de Dios son formas incipientes de los Sacramentos que vendrán muchos siglos después, a partir de la Cruz. La misericordia divina provee abrigo y supervivencia para los desobedientes del Edén. En forma similar los Sacramentos obran como un refugio al que podemos acudir para sostenernos. Refugio de Dios para los que simplemente no pueden ser lo suficientemente santos como para comparecer en Su presencia.

Los Sacramentos, poder de Dios

Con frecuencia oímos que los Sacramentos "llevan acabo lo que significan y significan lo que llevan a cabo" ¿Le resulta familiar esta definición? Espero que le haya recordado a la acción creadora de Dios en el Génesis cuando dijo "Hágase la luz y la luz se hizo." Los Sacramentos comparten con la acción creadora de Dios esa "efectividad inmediata" que causa que las cosas "sean" aunque no hayan existido hasta entonces. Con la misma efectividad, los Sacramentos son los instrumentos de Dios en esta nueva creación en la que el cristiano es transformado en una "nueva criatura" capaz de heredar la vida eterna y de ver a Dios cara a cara sin perecer. Cuando recibimos el Bautismo, recibimos eso que los primeros Padres de la Iglesia llamaron el "magnífico sello" de la salvación. Nuestra alma comienza el ascenso a Dios, hasta entonces imposible. Cuando recibimos del sacerdote la absolución de nuestros pecados, un milagro aun más asombroso que el de la resurrección de Lázaro ocurre en el confesionario: un alma perdida por efecto del pecado es renovada y admitida nuevamente en la presencia divina. Cosas similares pueden decirse de cada uno de los sacramentos y es bueno meditar en cada uno de ellos y ver cómo el poder y la misericordia divinas operan en cada sacramento en particular, transformando las almas de los fieles, ordenando y limpiando, regenerando e iluminando para cumplir las palabras de Jesús a San Juan: "¡Mira!—¡Estoy haciendo nuevas todas las cosas!". Algo mucho más asombroso que la primera creación material está ocurriendo dentro de nosotros mismos: "El Reino de los Cielos entre vosotros está."

Todo para la gloria de Dios

En el Nuevo Testamento encontramos la frase: "Y los allí presentes daban gloria a Dios por haber dado semejante poder a meros hombres", usualmente como reacción a un milagro. Dios, al darnos los Sacramentos en la Iglesia ha querido hacer participar al hombre en la tarea de la creación. Gracia sobre gracia, misericordia sobre misericordia, el hombre perdido recibe otra vez sobre su espalda el abrigo divino, esta vez magnificado infinitamente, pues lo mantiene a salvo de la muerte eterna y no meramente del frío.

Es necesario reflexionar una y otra vez sobre estas dádivas para no rechazarlas a la ligera y con eso dejar de dar a Dios el agradecimiento y la gloria que El merece por todo lo bueno que hace por nosotros. Aquellos que piensan—en su ignorancia— que pueden reorganizar estas cosas a su propio gusto y placer, se equivocan de medio a medio. Los Sacramentos no son meros símbolos, son dones de Dios, poder de Dios, acción real de Su gracia que nos redime, educa, alimenta, forma, fortalece.

Nadie que espere un día poder estar de pie en la corte de Dios, se puede dar el lujo de ignorar los Sacramentos que Dios nos ha dado en Su Iglesia.

Mira, estoy haciendo nuevas todas las cosas.
Apocalipsis 21, 5